El Presidente no podrá dormir bien

Desde que se empezó a meter al Ejército a labores de seguridad y combate contra el narcotráfico, diversas voces advirtieron que, si el narcotráfico, con todo su poder económico alcanzaba a las Fuerzas Armadas, el país se iba a quedar sin nadie a quien voltear a ver.

El presidente Andrés Manuel López Obrador tuvo la oportunidad de corregir ese tremendo error y así lo prometió en campaña. Sin embargo, cuando llegó al poder se dio cuenta que era más barato y políticamente rentable —porque la gente tiene mucha confianza en el Ejército y la Marina— mantener a las Fuerzas Armadas en la calle, que reconstruir las policías estatales y la federal.

El jueves pasado, sin embargo, algo salió mal. En Estados Unidos se detuvo a Salvador Cienfuegos, secretario de Defensa con Enrique Peña Nieto, acusado de delitos de narcotráfico y lavado de dinero.

Cualquiera diría que, al contrario, la detención es “muestra inequívoca de la descomposición del régimen, de cómo se fue degradando la función pública, la función gubernamental en el país durante el periodo neoliberal”, tal y como el Presidente señaló en su conferencia mañanera del viernes.

Más de uno seguramente piensa que, junto con Genaro García Luna, el arresto de Cienfuegos servirá para seguir alimentando el discurso presidencial de que hay que acabar con la corrupción, de que había un narco Estado y que ahora las cosas son distintas. Incluso, le regresaría las municiones que perdió cuando tuvo que dejar de hablar de Emilio Lozoya, ante la evidencia que había más videos de su hermano Pío recibiendo dinero.

Sin embargo, no es tan sencillo. Aquí tres argumentos por los que el Presidente ya no podrá dormir tan tranquilo.

Primero. En el Ejército, la disciplina y la lealtad se construyen durante años y suelen ser a pruebas de balas. Entonces, si de verdad Cienfuegos fuera culpable —cosa que primero se tendría que demostrar— se tendrían que levantar no focos, sino fuegos artificiales de alerta, pues los altos mandos de la anterior Secretaría siguen activos en el actual gobierno, ocupando posiciones muy relevantes.  La crítica hacia un general no es la misma que a un secretario de Seguridad, hay códigos diferentes y eso también lo sabe el Ejecutivo.

Segundo. López Obrador ha hecho lo que ningún otro mandatario en la era moderna: ha concentrado el poder táctico y estratégico en las Fuerzas Armadas.

No solamente los dejó en las calles haciendo tareas de seguridad, ahora, además, les ha dado la operación de los puertos, la construcción del aeropuerto Felipe Ángeles e, incluso, tramos del Tren Maya. Demasiada tentación para el crimen organizado, que justo lo que necesita son rutas de operación para mover la droga.

Tercero. El mandatario declaró que hace 15 días la embajadora de México en Estados Unidos, Martha Bárcena, le había mencionado una investigación que se estaba llevando a cabo y que involucraba al señor general Cienfuegos. La investigación, según se ha sabido, llevaba varios años procesándose.

¿Por qué el gobierno de Estados Unidos no le informó al Presidente de la investigación contra el general? Esto significaría que el vecino del norte no le tiene tanta confianza a su súper friend. ¿A caso piensa que la 4T también está infiltrada? O, acaso, ¿no le termina de gustar el trato casi amistoso que los cárteles reciben del gobierno federal y, sobre todo, el Cártel de Sinaloa?

Por todo esto es que, aunque se antojaba fácil el uso político de la detención de Cienfuegos, el Presidente no sólo lo va a pensar muy bien, sino que, incluso, se le habrá quitado el sueño.

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