Fermentos de la fobia a España

Ha comenzado la preparación de las celebraciones oficiales, por los doscientos años de la consumación de la Independencia, que se realizarán el próximo año. Evidentemente, el presidente López Obrador exigirá a sus colaboradores organizar una serie de eventos significativos, al margen de la austeridad republicana. Tiene que hacerse algo y que eso sea memorable. Curiosamente, a Felipe Calderón le tocó el 2010 el 200 aniversario del inicio de la lucha de Independencia.  Efemérides y aritméticas del poder presidencial.

La vocación presidencial mexicana ha tenido, desde los fermentos de un nacionalismo oficialista:

 1.- La fobia a la madre patria (los gachupines). 2.- El anticlericalismo (de honda raíz jacobina) y 3.- La devoción a los símbolos patrios, pero como un reflejo de su valor en la personificación del presidente (un efecto que dura el periodo del mandato).

El arquetipo de la figura presidencial es Benito Juárez.

Juárez exalta el valor de las culturas autóctonas por su herencia zapoteca, pero para reprochar la parte española de los connacionales del México independiente. En realidad, Juárez era mestizo, no un indígena puro (como se le representa) y menos aún fue un reivindicador de los indígenas de su tiempo, que desde entonces estaban excluidos. Juárez es el símbolo por excelencia del anticlericalismo, miembro de la logia masónica, aunque realmente era un liberal templado, no un jacobino, (instituyó el 12 de diciembre como fiesta nacional). Juárez es la figura presidencial de la honestidad y la moderación de los funcionarios públicos.

 “La honrosa medianía”, estampa que hizo héroe a Juárez en términos de la faceta de funcionario público de probidad indiscutida y que engarza con la trama del Juárez  trashumante en su carruaje convertido en el vehículo de la república amenazada y perseguida. Un presidente ligero de equipaje que inclusive viaja con los símbolos patrios para defenderlos de la profanación.

Es entendible que después de 1821  se cimentara odio a los que viniera de aquello tan impreciso como España. 

Agustín de Iturbide firmó los Tratados de Córdoba con un representante de “la nación española” (porque ya no era ni aragonesa ni castellana); si fuéramos más rigurosos, el reconocimiento —por el Estado español— del México independiente acontece hasta 1836, cuando además se firmó un acuerdo de “paz y olvido” (que selló el rencor político prexistente). Paradójicamente, la repulsa a la madre patria es tan poderosa que los liberales optaron por refugiarse en el cobijo estilístico de Francia (con la que —para colmo—  se asociaba a Maximiliano): Juárez vestía a la usanza de la etiqueta parisina  y Porfirio Díaz era un fascinado de los valses vieneses y sus atmósferas. La fobia española ha sido injusta e inexacta y desproporcionada, pero muy útil al sentimiento patrio presidencialista. La reconciliación entre ambos países por la crisis del exilio a suelo azteca aconteció en 1977 con un evento por todo lo alto entre el rey Juan Carlos II y el presidente José López Portillo. Desde entonces no se había colocado en la voz del presidente en turno el sobado debate de la incomprensión, ni siquiera durante 1992, cuando se conmemoraron los cinco siglos del descubrimiento de América, pero resurge ahora que se acerca el de 2021.

Nuestro país se independizó de algo muy distinto a lo que hubo entre 1521 y 1821. No hemos podido, querido o sabido procesar la conquista, tampoco la independencia. El pasado debe unir a los pueblos a pesar de haber pasajes tristes y alegres, eso es la base de la idiosincrasia nacional.  A partir de Juárez la memoria presidencial pervive como bálsamo del destino nacional y a estas fechas se comprueba que en pleno siglo XXI el calor presidencial ha recuperado su poder de irradiación.

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