Credibilidad

Dice Antonio Porchia en una de sus extraordinarias voces que “el mal no lo hacen todos, pero acusa a todos” y cada palabra se clava en nuestra mente como una sentencia que se cumple día con día. En medio de tantas batallas retóricas que mantenemos a lo largo de las semanas, nos percatamos que los temas y motivos para seguir dividiendo la mesa son inagotables. Nos vemos obligados a ir de una noticia a otra para entender la importancia de la nueva información, personajes y tal vez nuevos datos estadísticos que es importante analizar para descifrar una realidad cada vez más compleja e intrincada. Así, volvemos al terreno de la discordia que, durante este sexenio, se ha vuelto un deporte nacional de altos vuelos: si bien se puede señalar a López Obrador como uno de los principales motores de este enfrentamiento, es importante puntualizar que él simplemente ha generado buenos dividendos de algo que ya existía en nuestro país.

Somos una sociedad que es tierra fértil para que las discusiones crezcan como enredaderas y envuelvan todo orden lógico y racional: la desigualdad, la intolerancia, la discriminación, el clasismo, la manipulación de la historia, etc. Es lamentable que en cada uno de estos aspectos el oportunismo político se encuentre a la orden del día: si desde el siglo pasado hubiera existido la intención de resolver estas problemáticas, la preocupación por consolidar un sistema educativo que tuviera como fin el cumplimiento de esos objetivos, hoy se reconocería como parte fundamental de un cambio en la mentalidad de la sociedad mexicana. Sin embargo, durante los últimos años nos hemos percatado de que esto no fue así. Al contrario, quienes sexenio tras sexenio dirigieron las políticas educativas de este país cumplieron con otros intereses. Pero si algo ha cambiado en nuestra sociedad ha sido gracias al esfuerzo y el empeño de personas que han dedicado su vida a buscar nuevas alternativas. De manera paulatina hemos perdido la credibilidad en las promesas que cada gobierno ha ofrecido con respecto a nuestro país: eso parece exclusivo de quienes mantienen sus actos de fe a salvo de la crítica.

“El mal no lo hacen todos, pero acusa a todos”, dice Porchia y nos percatamos de que, si estas palabras coronaran aquellos espacios en los que se habla acerca de la diversa problemática que define a nuestro país, serían un encabezado que nos describiría con la claridad del agua. Estamos acostumbrados a enredarnos en discusiones que languidecen bajo la inmediatez de lo cotidiano.

Parece que para cada tema existiera una fecha de caducidad que nos marca la vigencia de la discusión: se podrá reciclar una noticia, las palabras de algún personaje, un cierto tema, pero ya sin la menor relevancia. Y quizá esto sea lo normal al percatamos que no hay un día que nos ofrezca nuevos motivos para analizar y discutir. Hay una suerte de amnesia sistemática que, por cierto, es motivada por los actores políticos y que no ha sido contrarrestada por la nueva dinámica informativa de los medios de comunicación. Claro, se tiene prisa por hablar de la nueva pifia cometida por algún político o por el calculado movimiento que se dicta desde la presidencia, según la agenda que marquen sus propios intereses. Los problemas que han sido protagonizados por miembros del gobierno —y su posible gravedad— van formando parte de una narrativa que los transmite como anécdotas de algo que no tuvo resolución, que se presentó como un fuego fatuo sin consecuencias. Las decisiones del actual sexenio que han sido controversiales y señaladas como errores en distintas áreas —económicas, políticas, ambientales, seguridad, salud, etc.— van quedando como parte de un contexto en el que las consecuencias son opacadas por nuevas acciones gubernamentales que llevan la discusión a otros terrenos. Este olvido permite que personajes como Bartlett, Elba Esther Gordillo y el nuevo PES sigan apareciendo en los reflectores de los escenarios políticos del país. Así, la credibilidad que debería dar fundamento a las instituciones queda expuesta y debilitada.

En este contexto, luego de enterarnos de que los fideicomisos vinculados al Ejército crecieron en un 1,048% (según MCCI) —como una muestra más del poder que López Obrador le ha conferido— nos enteramos que el general Salvador Cienfuegos, exsecretario de Defensa de nuestro país —¡no sólo de Peña Nieto, caray!—, fue detenido en Estados Unidos por presuntos vínculos con el narcotráfico. Esto ha puesto en la mira a la incipiente credibilidad de una institución como es la del Ejército mexicano y, por consiguiente, el vínculo del actual gobierno con esa misma estructura de poder. Mucho tendrá qué hacer López Obrador y sus creativos para apostar por esta amnesia a la que somos proclives porque, como dice Antonio Porchia…

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