Nuevas guerras civiles

Por Santiago García Álvarez

Hace unas semanas hablaba con un amigo que vive en los Estados Unidos, quien me compartía su preocupación por el fenómeno de polarización que se está viviendo más allá de nuestra frontera del norte. En aquella conversación me señalaba que estaban viviendo una especie de guerra civil, la cual suele adquirir matices especiales en semanas previas a las elecciones. Al principio, me pareció exagerada la expresión. La situación actual en el país vecino dista mucho de poderse equiparar a una guerra civil, específicamente por la ausencia de hechos belicosos. Sin embargo, en lo que sí presenta tintes de guerra civil es en el hecho de que se han ido actualizando casos de fuertes conflictos entre hermanos del mismo territorio. Este fenómeno se presenta actualmente no sólo en EU, sino también en muchos otros países.

Algunos autores, como el politólogo David Singer y el académico Melvin Small publicaron, en 1972, la obra The Wages of War, la cual estableció una definición canónica de guerra civil que desde entonces ha guiado la investigación de cientos de especialistas. Algunas de las características señaladas por Singer y Small son: activa participación del gobierno nacional, resistencia efectiva por ambas partes, acontecimientos que se sufren dentro de las fronteras del propio Estado y cuyos antagonistas son ciudadanos del mismo y, por supuesto, algunas implicaciones militares que protagonizan el conflicto.

La guerra civil en Irlanda obedeció, fundamentalmente, a un conflicto entre protestantes y católicos. En España se trató de una compleja situación entre republicanos y nacionales. En EU, entre confederados y unionistas, en el marco de la abolición de la esclavitud. En Libia, para citar tiempos más recientes, tensiones entre gobiernos rivales en el este y el oeste con facetas religiosas y económicas diversas. En el momento actual, son muy variados los conflictos que se viven en numerosos países, protagonizados generalmente por izquierdas y derechas, con características propias de las guerras civiles.

Estados Unidos vive su polarización más alta desde finales del siglo XIX. Los republicanos favorecen una alta regulación al comportamiento privado y una baja regulación a la economía, mientras que los demócratas no se encuentran dispuestos a ceder en materia de regulación a lo privado y en cambio favorecen una ampliación regulativa al comportamiento económico. Más allá de los distintos enfoques de los partidos políticos, republicanos y demócratas guardan posiciones antagónicas en muchos otros temas. El reciente fallecimiento de George Floyd, el liderazgo confrontativo de Trump, un Congreso dividido, la crisis sanitaria y la crisis económica no han hecho más que agudizar el problema. El país se respira bastante dividido y eso no parece favorecer a nadie.

En Estados Unidos, en México y en otros países hemos presenciado también algunos hechos que bien podrían asimilarse a guerras civiles. Enormes bloques políticos que quieren conservar el poder o movimientos antagónicos que buscan posicionarse como alternativa. Utilizan armas digitales masivas, manifestaciones externas violentas, ideologías coadyuvantes a la obtención de sus fines y agresiones verbales. Esa dinámica, propia de los actores políticos, se desborda hacia la sociedad civil, que se suma a una u otra postura y se engarza en el problema a modo de espiral. Al final, el ganador será una u otra facción política. El problema es que el ciudadano involucrado se queda, al final del día, con menos claridad de cabeza para pensar en verdaderas estrategias de bien común, lo que, paradójicamente, termina favoreciendo a las facciones políticas causantes del malestar.

La crispación política originada por posiciones culturales o ideológicas nos lleva al tradicional dilema del huevo o la gallina. ¿Se trata de aspectos culturales que las facciones políticas incorporan en sus plataformas de gobierno y después resultan antagónicas? O, bien, ¿se trata de ideologías político-culturales que presiden las agendas de los partidos y que luego permean en la ciudadanía? En uno u otro caso, se deriva hacia una conclusión triste: las facciones políticas capitalizan para sus propios intereses, mientras que la sociedad civil se enfrenta, se molesta y se divide. La política gana o pierde, pero la convivencia social siempre pierde, generándose así un ambiente propio de guerra civil.

Tendríamos que aprender a exigir a los grupos políticos que garanticen el Estado de derecho y el bien común, sin permitirles envolvernos en lógicas políticas donde acabamos sirviendo a sus intereses de poder, no pocas veces mezquinos. Lo público es mucho más amplio que lo estrictamente político, y al politizarnos estamos perdiendo, precisamente, la defensa de lo público. Estoy convencido de que para conseguir que los conflictos vayan a menos y las soluciones a más, es fundamental que los ciudadanos mantengamos una aproximación inteligente y estratégica en la vida pública y dediquemos tiempo y cabeza a otro tipo de alternativas.

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